El exilio y la popularización de la arepa venezolana
No es secreto que millones de individuos, familias, hermanos, o en palabras claras… seres humanos, han huido de la situación de Venezuela para poner pan sobre sus mesas. Este breve artículo va de aquellos que lo han conseguido poniendo P.A.N. sobre las mesas extranjeras.
Como en desayuno francés no puede faltar un croissant y un café, en venezolano no falta una arepa acompañada por un jugo fresco de parchita, lechosa o fruta de preferencia. La sencilla elaboración, visualmente cercana a un pan de pita, toma tantos colores y sabores como quien la coma lo quiera. ¿Huevo? Pa’ dentro, ¿jamón? bienvenido sea, ¿aguacate, pollo, queso? Todo, ¡mientras quepa!… bien se puede decir que arepa no falta en desayuno que se respete. Con esta noción, que incluso se extiende a comidas, cenas y meriendas, este círculo plano a base de una harina precocida de maíz, mejor conocida como Harina P.A.N., se asienta en el podio como uno de los mayores símbolos de la identidad cultural y gastronómica de nuestro país tropical.
Si retrocediésemos diez años, cuando mi mudanza a Madrid era todavía un hecho reciente, encontrar un venezolano resultaba divertido y hasta casi extravagante. La imagen de Venezuela colgaba de las manos de Carlos Baute y era recurrente obtener una pequeña balada tras revelar que tú y el cantante, de facto, compartían nacionalidad. En contraste, hoy en día basta con montar el metro de la capital española para escuchar el canto de nuestro acento, y la frase “soy de Venezuela” despierta, en lugar de coros, frases como “aiba, esta muy mal la cosa por ahi” o “¿tienes familia ahí? tiene que ser muy duro”… esta nube de respuestas pesadas, acertadas y bien intencionadas, es a veces atravesada por un rayo de luz, por una respuesta de tono crescendo y animado que exclama:
“¡buah tía, a mí me encantan las arepas!”.
Esta graciosa y divertida frase abre la ventanilla al panorama de aquellos migrantes venezolanos que han conseguido refugio cocinando sus sabores en el extranjero. Ahora, Buenos Aires, Sidney, Nueva York, Paris, Madrid y Londres tienen algo nuevo en común: Areperas…o madrigueras de nostalgia criolla. Compuestas por cuatro paredes, aquí se refugian aromas a onoto, papelón, arepa frita, guasacaca y queso fresco. Aquí, palabras como “chamo”, “chévere”, “catira” y “de pinga” vuelven a tomar sentido y pedir una frescolita no levanta ninguna ceja. Sin lujos ni excesos, estas madrigueras son embajadas venezolanas que también ondean la bandera tricolor y tampoco dan pasaportes. A diferencia de las oficiales, estas reparten sabores, esparcen nuestra cultura y mejoran nuestras relaciones con los países adoptivos al, diplomáticamente, añadir ingredientes foráneos entre los redondos paneles de maíz.
De esta forma la comunidad venezolana en el exilio logra decir “estamos aquí”. Creando una
nueva mesa, con nuevos invitados, donde la comida es compartida y no es sinónimo diferenciación pero de inclusividad.
La aceptación de productos “exóticos” o “étnicos” ha creado un mercado en Europa que mueve 3 billones de euros anualmente. En la lista de países que aportan a este mercado, España queda en la cuarta posición gracias a compañías como Antojos Araguaney, que con sus humildes orígenes, ahora incluye 50.000 tequeños en su producción diaria. Antojos continuará aportando, especialmente tras la venta del 80% de la compañía a Empresas Polar. La inmensa co-operativa venezolana, y la dueña de Harina P.A.N., planea multiplicar la producción por veinte y expandir al mercado asiático y neozelandés. Una táctica que sería mucho más difícil sin la presencia de las pequeñas y no-oficiales embajadas que introducen y normalizan nuestros productos.
Hace un tiempo estaba mirando Instagram y entreteniéndome con sus historias, cuando de repente algo particular ocurrió. Entre incrédula y sorprendida, planté mi dedo sobre la pantalla para pausar y observar por un rato más, y en efecto, ahí estaba: una Reina Pepiada, hecha por un español, que no tiene ni idea de qué es Maiquetía, de 23 años en casa y solo para él… Desde entonces la escena se ha repetido, y aunque pueda sonar simplón ESTO hace 10 años no ocurría. Hace 10 años, y no sorprendentemente, Canarias era del poco territorio que entendía algo de gastronomía venezolana. Ahora, ¿son estas instastories prueba irrefutable de la creciente popularidad de la arepa? no, pero sí pueden ser el humo del fuego.
Con todo, hablar de los impactos positivos de las areperas que han surgido mundialmente, puede que sea una romantización de los efectos secundarios de un país roto. Pero sería hasta casi irresponsable no apreciar la labor que estas están llevando a cabo. Las areperas son el refugio al que acudir cuando hace falta ver una cara más cálida del país. Son las cultivadoras de semillas de cultura que darán raíces a otros negocios. Pero por encima de todo, son las transformadoras del mayor símbolo de identidad venezolana. La arepa es ahora más que un alimento base, más que un encuentro entre familia y amigos y mucho más que el final de una noche de fiesta. En sus nuevos contextos, ella simboliza la emigración de la población, el emprendimiento sin el olvido de los orígenes y el orgullo por lo nuestro. Comer una arepa en Milán, o en Ciudad De Méjico, es delicioso pero tiene un fondo amargo de realidad, es el pedazo de casa dado por alguien que la tuvo que dejar. El resultado de los emigrantes del tipo P.A.N. para pan.

